Los bolardos son uno de los elementos de seguridad vial más utilizados en ciudades de todo el mundo. Su función principal es simple: impedir que los vehículos invadan las veredas o las zonas de circulación peatonal y, en caso de un siniestro, actuar como una barrera física que reduzca el riesgo de atropellos.
Sin embargo, su efectividad no depende únicamente de su presencia. Urbanistas y especialistas en seguridad vial sostienen que estos dispositivos cumplen su objetivo solo cuando están correctamente ubicados, respetan criterios de accesibilidad y forman parte de una estrategia integral para ordenar el tránsito.
La discusión llegó a San Miguel de Tucumán tras la instalación de alrededor de 700 bolardos en más de 110 esquinas de Barrio Sur, Barrio Norte y otros sectores de la ciudad. Mientras el municipio asegura que la medida busca reforzar la seguridad de los peatones, vecinos y expertos cuestionan algunos casos en los que estos elementos quedaron ubicados junto a rampas o sendas peatonales, dificultando la circulación.
¿Realmente sirven los bolardos?
La respuesta de los especialistas es sí, aunque con matices.
Pedro Katz, experto en Vialidad e integrante de la Comisión de Vecinos de Barrio Sur, explicó que los bolardos cumplen una función reconocida en el diseño urbano: evitar que los vehículos suban a las veredas, estacionen sobre ellas o invadan sectores destinados exclusivamente a peatones.
El problema, aclaró, aparece cuando se instalan sin respetar criterios técnicos. "Los bolardos, en general, se usan para impedir que los vehículos suban a la vereda, estacionen sobre ella o invadan un sector peatonal. El problema aparece cuando se colocan sin criterio y terminan como obstáculos para las personas que deben circular por la vereda o bajar por una rampa", señaló.
Según explicó, una rampa debe garantizar un recorrido continuo y accesible. Si inmediatamente después de la bajada se instala un bolardo, el paso puede quedar bloqueado para personas en silla de ruedas, adultos mayores, quienes utilizan bastones o quienes circulan con cochecitos.
Qué dice el municipio
Desde la Municipalidad sostienen que la colocación de los bolardos forma parte de un plan de accesibilidad que también incluye reparación de veredas, construcción de rampas y demarcación de sendas peatonales.
Según datos oficiales, ya fueron instalados unos 700 bolardos en más de 110 esquinas. Además, el programa Veredas Sanas permitió reparar 651 veredas y construir 94 rampas dentro de las cuatro avenidas.
El municipio aseguró además que no recibió denuncias formales por la ubicación de estos elementos.
¿Cómo deberían colocarse?
Los criterios internacionales indican que los bolardos deben instalarse sobre el borde de la acera, siguiendo el radio de giro de la esquina y dejando un espacio suficiente para el paso de peatones y sillas de ruedas.
Las recomendaciones técnicas establecen una altura de entre 75 y 90 centímetros, un diámetro mínimo de 10 centímetros, superficies sin aristas y colores visibles, además de una separación de entre 90 centímetros y 1,50 metro para garantizar la accesibilidad.
Cuando esos parámetros no se respetan o los bolardos invaden el recorrido de una rampa, los especialistas advierten que el elemento deja de cumplir su función protectora y puede transformarse en un obstáculo.
El otro debate: ¿hay que proteger al peatón o reducir la velocidad?
El arquitecto urbanista Gerardo Isas planteó una discusión más profunda. A su entender, los bolardos son útiles en determinados contextos, pero no deberían reemplazar las políticas destinadas a reducir la velocidad de los vehículos.
"El problema no debería resolverse con obstáculos para proteger al peatón de un posible choque, sino con medidas que obliguen a bajar la velocidad de circulación", sostuvo.
Para el especialista, la prioridad debería ser un diseño urbano que desaliente el exceso de velocidad y reduzca la presencia de vehículos en el centro, antes que multiplicar barreras físicas para proteger a quienes caminan.







